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Hoy quería contaros lo que significa, en la práctica, esta misión que desempeña la Fundación de defender los derechos de las personas mayores:

                  Por poner algunos ejemplos, en estos días me he encontrado con una demanda en la que nuestra tutelada era demandada…. Se la reclamaba un dinero que traía su causa de la venta de una vivienda en la que, según el demandante, existieron unos defectos, que se denominan “vicios ocultos” por los que se pedía la reparación.

Comprobar que la vivienda no era propiedad de la tutelada, y que, según esto y nuestra interpretación, ella no debía responder, poder decirlo así en el acto de la vista y a la vez poner voz a una persona mayor y con un importante deterioro cognitivo que obviamente ya no puede explicarse, es una gratísima experiencia en el ejercicio de la profesión de abogado.

                  Otras veces, el trago es amargo, pero, aún si cabe, más pleno en su sentido. Así ha sido cuando, otra compañera y yo hemos tenido que decir, durante mucho tiempo y remando contra una “fuerte corriente”, que por muchas aparentes razones que se nos pusieran encima de la mesa, cambiar de centro residencial a una persona mayor, muy mayor, con más de 90 años, con una importante discapacidad y después de 30 años en el mismo lugar, no es defender sus derechos sino todo lo contrario.

Fue muy ardua esa tarea y desde luego nada fácil que el sentido común pesara sobre otras razones de tipo profesional, personal, de organización o de recursos pero lo que está claro es que, aunque en este caso con tristeza y amargura, siempre queda la satisfacción de haber puesto voz a aquellas personas que no pueden expresarse, no tienen capacidad de cuidar por sus propios intereses, no pueden hablar ni tampoco se les escucha.

No nos cansaremos de proclamar, que las personas mayores, con discapacidad, sin familia y muchas veces, casi siempre, sin recursos, tienen, cuanto menos, la misma dignidad e idénticos derechos que los “otros”.

 Puedo asegurar que esta andadura profesional que ya hace algunos años he emprendido, es un campo apasionante: por decirlo de alguna manera, se puede palpar digamos que muy dentro en el alma, cómo es verdad que con nuestra intervención hacemos camino de dignidad… y esto se puede ver también en tantas sonrisas que recibimos…..

Y aunque a veces, los tragos son amargos y lo que recibimos no son sonrisas sino más bien broncas, puedo asegurar que la satisfacción que experiemntamos en esta aventura profesional, arraigada en la convicción de la dignidad de las personas, de todas las personas, de nuestros mayores, de todos nuestros mayores, no tiene precio.